Los ojos de Alexander parpadean en la oscuridad de la habitación. Entre una desorientación momentánea, él oye a su esposa Asuncion moverse en la cama. Y la realidad invade sus sentidos. Son las 4:30 de la mañana – hora de levantarse y empezar los quehaceres del día.
Mientras Asuncion prepara el desayuno, Alexander se apresura para llegar al mercado para comprar la comida que él hoy venderá. Si no llega antes de las 5:00, alguien más podría comprar toda la cantidad disponible, y él se quedará sin nada para vender.
En casa, él y Asuncion mandan a la escuela a sus dos hijos, Yna y Lei. Asuncion restriega bien a su carreta de bicicleta en preparación para un día de vender comida. Alexander pasa unos 15 minutos asegurándose de que todo esté funcionando bien. Ahora son las 8:30 de la mañana...hora de correr a la escuela cercana donde ellos pueden estacionarse y preparar la comida antes de que los alumnos entren en recreo.
La carreta chilla con cada pedaleo de Alexander. Les ha dado ocho años de buen servicio. Pero el indicio de protesta no es real; Alexander ha cuidado a la carreta como una gallina cuida de un polluelo. Él sabe que el sustento de su familia depende de ello.
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Sonidos de vida llenan el aire a medida que la carreta rueda ruidosamente hacia la escuela. Alguien está usando una escoba para barrer un patio. Pájaros cantan. A lo lejos se oye el cacareo de un gallo. Y la risa de un niño emana del interior de una casa. Luego, al entrar a la calle, estos sonidos son ahogados por las motocicletas, las carretas y los jeepneys llenos de gente yendo desde su pequeña aldea a la zona de comercio de Legazpi, Filipinas.
En la escuela, él y Asuncion encienden una estufa de querosín y comienzan a cocinar. En breve se forma una fila de estudiantes y otros clientes esperando ansiosamente comprar bolas de pescado, salchichas y kikiam (rollos de cerdo y verduras envueltos en una hoja de tofu y freídos hasta dorarse). El recreo sólo dura media hora; por eso sirven de prisa la comida. Entre más comida logran servir, más dinero generarán para sustentarse – de hecho, en un buen día, pueden generar $5 neto. |
Después de que los niños regresan a sus clases, Alexander pedalea en busca de nuevos clientes. Mientras tanto, Asuncion vuelve a su casa para terminar sus tareas y luego dirigirse al centro comunitario para iniciar sus actividades diarias como presidenta de relaciones de apadrinamiento para los voluntarios de Children International en su aldea.
El apadrinamiento es muy importante para la familia de Alexander y Asuncion. Su hija, Yna, es apadrinada – algo que ha tenido un enorme impacto positivo. A sus 12 años de edad, ella ya cursa el primer año de secundaria. “Siempre cuento con apoyo en mis estudios”, dice Yna.
Sus padres opinan lo mismo. “Estoy muy contento de que mi hija Yna está apadrinada por medio de Children International”, dice Alexander. “Para una familia pobre como la nuestra, el apoyo de Children International y del padrino de Yna realmente significa mucho. Cuando veo a mi hija recibir útiles escolares y
otros regalos para ocasiones especiales del programa de apadrinamiento, me da mucha alegría. Children International brinda cosas que nosotros como padres no podemos dar”.
Este sentimiento de gratitud es lo que impulsa a Asuncion a devolver el favor al trabajar como voluntaria. A pesar de la tremenda cantidad de trabajo que debe hacer, ella se complace en dedicar varias horas de cada tarde para ayudar a actualizar fichas familiares, coordinar la comunicación con los niños apadrinados, ayudar con visitas hechas a las agencias, asistir con la toma de fotos de los niños para sus padrinos, apoyar con los chequeos médicos y dentales, y proveer apoyo en cualquier otra área donde se necesite.
“Para mí”, añade Asuncion, “el tiempo que paso realizando servicios voluntarios para Children International no importa porque disfruto lo que hago. Estoy contenta de poder ayudar a las demás familias apadrinadas en nuestra comunidad”. |
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Cerca de las 8:30 de la noche, la carreta de Alexander retorna a su hogar. Él se desmontará y guardará lo que le sobre, cansado pero contento.
“Me siento cansado”, reflexiona Alexander, “sin embargo siento una sensación de logro porque pude traer algo de comer para mi familia. El solo pensar en el bienestar de mi familia y pensar que mis hijos necesitan la ayuda con sus estudios [que mi trabajo proporciona] me alivia el estrés que siento. Soy un padre que me siento orgulloso de mis queridos hijos y un esposo contento por tener a mi solidaria esposa. Me da gusto lo que está aconteciendo en nuestras vidas, y me da orgullo lo que estoy haciendo para mantener a mi familia”.
Fotos y ayuda con este reportaje por Tony Lorcha, de Legazpi, Filipinas.
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