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Todo está oscuro y silencioso cuando él se despierta.
Él se encuentra acostado en el piso, bajo una cobija desgastada, con su hermana y sus dos primos menores acurrucados junto a él en busca de calor. Resistiendo la tentación de volverse a dormir, él se prepara para el aire fresco de la mañana y se viste en el silencio de la madrugada.
Antes de salir, él se acerca a su madre. Escuchando su respiración tosca, se asegura de que ella tenga suficiente medicamento para un día más. Mientras la observa dormir, él se la imagina sana y fuerte como antes. Recuerda cómo se sentía saber que ella siempre estaría presente para cuidar de él. Su barriga gruñe, interrumpiendo su ensueño. Él sale de su casa y hacia la oscuridad. |
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Un trabajo rutinario
Nunca le dijeron a Brian Singani, de 10 años de edad, que él iba a tener que trabajar. Nadie tuvo que decírselo. Cuando uno vive en una diminuta choza en un barrio marginal de Lusaka, Zambia, las crisis familiares no se desenvuelven detrás de las puertas cerradas del dormitorio de sus padres. Acontecen ante sus propios ojos.
Por eso, cuando el SIDA lanzó su ataque final contra el padre de Brian, hinchando sus piernas y estómago y dejándole delirando de dolor, no había otra habitación “discreta” donde albergarlo, donde su enfermedad fuera tratada en silencio. Su cama fue colocada en el centro del interior de la choza, y la vida tuvo que continuar.
Cuando él finalmente sucumbió a la enfermedad, la madre de Brian, quien también había resultado estar seropositiva, trató de asegurar a sus hijos que todo iba a estar bien. Pero ella se debilitaba más y más con el paso de los días – el lavado que ella hacía para sus vecinos le causaba más dolor.
Brian sabía que tenía que hacer algo al respecto.
Con su padre ya difunto y su madre demasiado enferma para trabajar, Brian tuvo que asumir la responsabilidad de cuidar del hogar. Él por eso encontró empleo en un matadero, donde un familiar pudo contratarlo.
“La primera vez que maté un cerdo, me dio asco”, dice Brian. “El olor es horrible”.
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Brian pasa la primera parte de su día matando cerdos para ganar dinero para él y su madre enferma. “La primera vez
que maté un cerdo, me dio asco”, dice Brian.
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El matar cerdos es un trabajo peligroso; sin embargo, a veces los animales mismos no son el peligro más grande. “Recibimos un dólar por cada cerdo que matamos; por eso a veces los adultos se pelean por ellos usando los cuchillos que usamos para trabajar”.
Afortunadamente, Brian no tiene que pelear. El dueño se compadece de él porque está tan joven; él se asegura de que Brian reciba 3 a 4 cerdos al día”.
Tras terminar en el matadero, Brian camina a su segundo empleo: cargar barriles de agua para sus vecinos. Cada arduo viaje significa más comida para su familia. Cuando muchas personas dependen de uno, el agotamiento no es una opción.
Al finalizar la tarde, Brian tiene una responsabilidad más que debe cumplir – una que se le agregó recientemente a su agenda diaria: la educación. Después de entregar su último barril de agua, él sale corriendo a la escuela para intentar ser, por unas cuantas horas, un “niño normal”.
Él no es el único. |
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Dejando atrás las cosas de niños
Hay más de 300 millones de niños que actualmente se encuentran realizando trabajo infantil alrededor del mundo. Estos niños en su mayoría se ven forzados a tomar formas abusivas de empleo de las cuales no pueden escapar. Cientos de organizaciones y nuevas leyes han sido diseñadas para acabar con estas prácticas y rescatar a estos niños.
No obstante, los demás niños que conforman el problema del trabajo infantil son mucho más difíciles de rescatar. Ellos son víctimas de sus propias circunstancias. Nadie les obliga a trabajar, pero la pobreza los ha dejado sin muchas opciones. Si sus familias van a sobrevivir, ellos deben generar ingresos. Cuando la alternativa es no comer, los lujos como la diversión y la educación inmediatamente son echadas a un lado. El problema es tan difícil de tratar por esta misma razón. Siempre que haya familias en la extrema pobreza, habrá niños que tengan que trabajar. |

En las comunidades pobres alrededor del mundo, la recesión mundial ha colocado la supervivencia de millones de familias en los hombros de los jóvenes. Ampliar imagen |
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Saldrán de sus pequeñas chozas cada mañana, uniéndose a la procesión de adultos marchando a sus trabajos...haciendo lo que sea necesario para sobrevivir un día más. Sus pasos se oirán alrededor del mundo.
En las Filipinas, el gobierno calcula que más del 30 por ciento de su ciudadanía es indigente. Según Sarah Velasco, de nuestra agencia en Tabaco, la situación ha empeorado. “La recesión ha afectado severamente a las comunidades indigentes”, informa ella. “Las familias que ya estaban luchando por sobrevivir ahora se encuentran enterradas profundamente por el peso de la pobreza”.
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Emil abandonó la escuela y encontró un empleo
donde él trabaja 13 horas al día, seis días a la semana para ayudar a sus padres a alimentar a sus hermanos menores. Ampliar imagen |
Emil Bordeos viene de una de estas familias. Su padre tiene empleo, pero su salario apenas cubre las necesidades de la familia. Cuando su madre no puede encontrar trabajo, ella pide prestado de sus vecinos o familiares, dejando endeudada a la familia.
“Cuando estoy en casa cuidando de mis hermanos, la gente viene y me pide que les pague”, dice Emil. “Me es vergonzoso decirles que no tenemos dinero. A veces dicen cosas hirientes”. A los 15 años de edad, Emil ya estaba harto.
Aunque su madre al principio protestó, él abandonó la escuela y encontró un trabajo en el mercado donde pasa seis días a la semana, 13 horas al día. Al salir, él se queda en casa de su jefe en vez de recorrer el trayecto de regreso a su casa.
La caseta donde trabaja Emil está ubicada en el centro de un laberinto de pasadizos de un mercado donde el aire es pesado y maloliente. “Al principio, el olor me daba dolores de cabeza”, dice él, “pero me acostumbré a él”.
El quejarse es un lujo que Emil no puede darse. Por eso, si al final del día su espalda y piernas terminan adoloridas y él extraña a su familia y sus compañeros de la escuela, él aún logra sonreír porque sabe que su fuerte trabajo está ayudando a sus padres a mantener a sus hermanos menores.
Emil es como millones de otros niños – niños que afrontan responsabilidades de adultos, que tratan de permanecer fuertes para sus seres queridos. Emil no es el único integrante de su familia que se encuentra en esta situación. Él tiene un hermano menor que también echó a un lado sus estudios para trabajar como pescador con algunos de sus familiares. |
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La diferencia entre los hermanos, según Emil, es que él está apadrinado, mientras que su hermano no lo está. Gracias al apadrinamiento, Emil espera que esta etapa de su vida solamente sea temporal. Él espera tener por delante un futuro mejor, y que pronto estará de vuelta en la escuela con sus compañeros. Por ahora, los regalos y beneficios que él recibe por medio del apadrinamiento le ayudan a aguantar su situación y sobrevivir algunos de los tiempos más difíciles.
No obstante, no todos los niños tienen la misma suerte.
En Guatemala, donde vive Marcelino Zapeta, el 20 por ciento de los varones entre los 5 y 14 años de edad trabaja. Cuando Marcelino cumplió los 13 años, él se convirtió en uno de estos niños.
Cada mañana, él camina 8 kilómetros por un sendero montañoso hasta un cafetal donde pasa nueve horas cortando granos de café, escarbando zanjas de irrigación y encaramándose en árboles para cortar sus ramas con un machete. Es trabajo pesado hasta para un adulto.
Sin embargo Marcelino se alegra de haber ingresado al “mundo de los adultos” a una edad tan temprana. “Al principio me sentí mal de |
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dejar atrás la escuela”, nos cuenta él. “Pero cuando comencé a ganar dinero, pude ayudar a mi mamá. Si me hubiera quedado en la escuela, habría tenido que esperar muchos años para ayudar”.
La madre de Marcelino no estaba segura si dejarlo abandonar sus estudios. Ella quería que su hijo tomara un camino diferente en la vida. Pero pronto ella se dio cuenta de que la supervivencia de su familia dependía de su habilidad de trabajar. Ahora ella desea que “a él nunca le falte trabajo o pan en la mesa”.
Lamentablemente, Marcelino no está apadrinado. Sin el constante aliento de un padrino y el enfoque en la educación y el progreso que brinda el programa, es probable que Marcelino haga el mismo trabajo que él realiza ahora como adolescente durante el resto de su vida.
El apadrinamiento podría enseñarle a Marcelino sobre su potencial y mostrarle maneras de superar a su situación y crearse una vida mejor. Pero por ahora, Marcelino tendrá que aprenderse esas cosas solo. |

“Al principio me sentí mal de dejar atrás la escuela. Pero cuando comencé a ganar dinero, pude ayudar a mi mamá”, dice Marcelino. Ampliar imagen |
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Un cambio hacia algo mejor
Chipango Machalo sabe lo que se siente estar solo. Cuando tenía 9 años de edad, sus padres fallecieron, dejándolo bajo el cuidado de su abuela, quien se encontraba demasiado enferma para trabajar.
Si pensaban comer, todo dependía de Chipango.
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“El apadrinamiento nos ayudó”, dice Chipango, quien
aparece aquí con su abuela. “Puedo continuar con la escuela porque mis matrículas están cubiertas. Recibo cosas como cobijas que nos mantienen calientes, e inclusive recibí un par de zapatos bonitos”. Ampliar imagen |
Él enseguida encontró empleo trabajando con baterías de carro y abandonó la escuela. En el trabajo, a menudo recibía quemaduras de ácido en sus manos y brazos, pero cuando le decía a su jefe, a él simplemente le daba una pinta de leche para “minimizar los efectos”. Él regresaba a su casa cada noche sintiendo dolores que un niño de su edad jamás debería sentir.
Luego, el año pasado, Chipango fue apadrinado.
A pesar de que él y su abuela aún se encuentran en una situación precaria, sus vidas han visto un cambio positivo. Con acceso al apoyo nutricional, un médico y un dentista, junto con otros beneficios, Chipango pudo dejar de trabajar y enfocarse en sus estudios.
“El apadrinamiento nos ayudó”, dice él. “Puedo continuar con la escuela porque mis matrículas están cubiertas. Recibo cosas como cobijas que nos mantienen calientes, e inclusive recibí un par de zapatos bonitos”.
Calzado, cobijas, visitas al médico y al dentista...a muchos de nosotros se nos haría difícil encontrar un niño que pueda apreciar beneficios como éstos. Pero para Chipango, significan la oportunidad de un futuro mejor. |
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Amanece un nuevo día
Mientras Chipango se prepara para ir a la escuela en la mañana, Brian sigue atravesando su barrio rumbo al matadero. Sin embargo, a pesar de que las circunstancias de Brian no son ideales, hay esperanza en su historia. Él también está apadrinado por medio de Children International.
Brian atribuye a Children International su decisión de asistir a la escuela por primera vez. El énfasis que Children International pone en la educación ha comenzado a dar fruto en su mente – él ya aprendió a leer y escribir (fuente de mucho orgullo para él). Él también ha encontrado la esperanza, la cual le permite soñar con una vida mejor para su familia.
Quizás más importante, el apadrinamiento ha permitido que Brian vea más allá de los límites de su situación y se dé cuenta de que él tiene el poder de cambiar su vida.
Iluminando el camino
El apadrinamiento no es un remedio mágico. No puede solucionar cada problema o garantizar que los niños como éstos vivan felices para siempre. Lo que sí puede hacer es mostrarles el camino hacia un mañana mejor y darles las herramientas para ayudarles a permanecer en dicho camino.
Estos niños no sueñan con carros de lujo o enormes mansiones. Simplemente quieren lo que los seres humanos han querido desde el principio de los tiempos: algo de comer, algo para vestir, y un lugar caliente dónde dormir.
Brian, Emil, Marcelino y Chipango son sólo cuatro de entre millones de niños que luchan por ser adultos por el bien de sus seres queridos. A medida que recorren fábricas, mataderos, cafetales y mercados cada mañana, ellos están a la espera de un futuro donde la vida es más que una lucha desesperada. Todos tenemos el poder de ayudarles a alcanzar esa vida.
Si usted quisiera ofrecer ayuda a uno de los niños que aparecieron en esta historia, por favor comuníquese con nosotros al
1-800-388-3089.
Fotos y asistencia con este reportaje por Clementina Chapusha, coordinadora de comunicaciones de nuestra agencia en Lusaka, Zambia; Sarah Jane Velasco, coordinadora de comunicaciones de nuestra agencia en Tabaco, Filipinas; Javier Cárcamo, coordinador de comunicaciones de nuestra agencia en Guatemala; y Nivedita Moitra, coordinadora de comunicaciones de nuestra agencia en la India.
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